Sentimiento oceánico

Sentimiento oceánico
Ante la inmensidad y profundidad del océano

sábado, 23 de julio de 2011

La barbarie contemporánea y el terror: ciclo in perpétuum.


Advertencia: Lector, ésta es una reflexión (o más bien una serie de reflexiones) que no tiene la intención de fundar palabras más allá del texto en el cual aparecen, es posible que por ignorancia y falta de rigor científico y sistematicidad esté incurriendo en errores que en otro tipo de publicaciones no serían tolerados, sin embargo éste es un escrito que sólo busca ser un respiradero de su autor. Cualquier aclaración que me quieras hacer será bien recibida. Mi intención tampoco es ser pesimista, sino al contrario, ver de frente al problema actual aunque la situación sea pésima -no por mi gusto, aclaro, sino porque lo es-, y a partir de ahí plantear una serie de preguntas que abran puertas al pensamiento y creatividad de cuantos gusten.

A raíz del atentado en Noruega donde el ultraderechista y cristiano Anders Berhing, de 32 años, masacró a personas desarmadas mientras caminaba y “mantenía una calma absoluta”, es que surgen estas líneas sobre la barbarie contemporánea y el terror.
Comencemos con lo más básico: ¿a qué me refiero por “barbarie contemporánea”? Bueno, me refiero a “una disposición existencial de la racionalidad del hombre en la fuerza o la violencia para orientarse en el mundo” (1); lo cual significa un tipo de barbarie que no está caracterizada porque  existan hombres que hablen otro idioma (como en el origen griego de la palabra barbarie), ni al hombre como lobo del hombre, sino de un fenómeno que pareciera ser ya una clara distorsión de los fines y el modo de alcanzarlos dentro de la racionalidad misma. Una distorsión que se funda, a su vez, en algo que no podemos menos que nombrar como un sistema de odio, en palabras de Eduardo Nicol:

“A los males de la guerra, que los artistas y filósofos han querido representar idealmente, tal vez pensando que con esta idea pudiera escarmentar el hombre, se añade ahora el trastorno interior que produce el sistema de odio. También aquí hemos de alterar las nociones recibidas. El odio es una pasión subjetiva, y quien la sufre suele ocultarla. También es concentrado el odio por su objetivo: su meta es elegida y fija. No podía sistematizarse; no se podía construir una cultura o código público para el odio. Pero se ha formado. El odio difuso es una predisposición, o sea que actúa antes de seleccionar su objeto, como un resorte mecánico, uniforme y anónimo.” (2)

Sistema de odio que se ha esparcido a la manera letal de un cáncer dentro de ese proceso llamado globalización, llegando incluso, en estos difíciles momentos donde la miseria y la desigualdad reinan en todos los órdenes vitales a que sea previsible en verdad, si no ya un hecho, el que:

“El mundo haya perdido su capacidad de hacer mundo. Parece haber ganado solamente la de multiplicar a la medida de sus medios una proliferación de lo inmundo que, hasta aquí, a pesar de lo que se pueda pensar acerca de las ilusiones retrospectivas, nunca antes en la historia había marcado de esta manera la totalidad del orbe. En definitiva, todo sucede como si el mundo estuviera trabajado y atravesado por una pulsión de muerte que pronto no tendrá ninguna otra cosa que destruir sino al propio mundo.” (3)

Lo cual tampoco es algo que deba sorprendernos mucho, ya desde hace varios milenios el ser humano bien conocía –mediante su experiencia- que “Ares es justo, y mata a los que matan” (4) o el un poco más reciente “quien a hierro mata, a hierro muere”. ¿Qué podría esperar entonces un mundo donde el modelo capitalista –hay que decirlo-, tecnocrático e inhumano ha hecho imperar las leyes del más fuerte? ¿Y qué debemos esperar los habitantes de dicho mundo, quienes lo reproducimos? Partiendo de que no busco respuestas que tengan que ver con “culpas” y “pecados”, tales preguntas no buscan aún una respuesta absoluta, puesto que tampoco sabemos a ciencia cierta qué es lo que está aconteciendo exactamente en medio de toda esta incertidumbre; pero sí invitan a la reflexión y a la mirada atenta sobre el fenómeno barbárico que cada día, incluso ya cada hora, se hace más nítido. Así la niebla comienza a dispersarse y en zonas como México sabemos ya que la sangre no limpia la sangre, por más que políticos e ingenuos digan lo contrario.

Pero y qué sería de la barbarie contemporánea sin el incremento exacerbado del terror, del miedo ante la vida, que incluso ha hecho que la gente en su desesperación apoye supuestas “guerras contra el terror-ismo”, que no hacen sino, como es evidente, aumentar los temores y por ende la barbarie. He ahí el  ciclo perpetuo: el sistema de odio genera terror y desesperación, y el aumento de los temores hace que los seres humanos renuncien “voluntariamente” a su propia humanidad y su capacidad creativa, así crece el sistema de odio y desesperación…

El panorama no es nada alentador, sin embargo, bien podría ser que una buena parte de la clave podría dárnosla la meditación (en tanto pensar) sobre el tal ciclo de odio y terror; y no mediante el ya clásico (y hueco) eslogan de fingir que nada está mal y “ver todo bonito y creer que el ‘amor’ [–así, en abstracto, impersonal, desencarnado-] hará todo el trabajo”; o el también de moda, creer que tal o cual político va a arreglar el mundo: y esto aún aceptando que hay unos menos peores que otros, incluso uno que otro honesto –tremenda minoría-, pero también entendiendo que este problema va más allá de los cascarones institucionales que actualmente existen y que nos legó el siglo XIX. Así las cosas, la alternativa, la verdadera, puede (¿debería?) surgir entonces mediante el cultivo crítico y fomentado de aquello que nos hace seres humanos (o sea herederos de una forma de ser), de todos aquellos tesoros que nuestros antecesores nos legaron a través del tiempo. Y no hablo de formas muertas o eternizadas en cielos ideales, sino de formas expresivas capaces de reactualizarse y/o desecharse, total o parcialmente: lo importante es elegir conscientemente por medio de la libertad y no por la pérdida por falta de memoria, desesperación o –al estilo consumista de moda- ganas.  Es decir, no perdiendo ni mal gastando aquello que se caracteriza justamente por su gratuidad frente a las forzosidades de lo necesario. Porque:

“Por fin resultó cierto que los tiempos pasados fueron mejores. Antes pensaban esto los decepcionados y los viejos. Los decepcionados de ahora son los jóvenes. Aunque estos tergiversen las palabras del poeta. El presente les disgusta porque el pasado no importa. Pero el desdén, que implica un juicio negativo del pasado, sólo puede apoyarse en un presente positivo. Si todo estuviera normal en el dinamismo proteico, el presente sería mejor por la riqueza de proyectos juveniles. Algo se ha estropeado en ese mecanismo cuando lo más positivo es la nostalgia de los viejos; porque si éstos no traen nada nuevo, su recuerdo de un pasado bueno los sustenta y es positivo para todos por su ejemplaridad. Renegar del pasado es una forma de confesar la incapacidad para renovarlo. El futuro, si tuviese vista y voz, es el que debería exclamar su impaciencia, al comprobar que nadie logra pre-formarlo en el presente.” (5)

No desesperar, ser responsables, cultivar la amistad y el amor, educarnos en y para la libertad…, todavía hay muchas cosas que podemos hacer para, al menos, vivir dignamente en estos tiempos de incertidumbre. Porque frente al terror, la desmesura, la violencia y la barbarie, incluso hoy, podemos. ¿Por cuánto más?


Bibliografía:

(1) Arturo, Aguirre. Primeros y últimos asombros. Filosofía ante la cultura y la barbarie. México. Afínita. 2010. p. 194. (Principalmente para mi uso del concepto de barbarie me he basado en este texto, muy recomendable para pensar el mundo de hoy).

(2) Eduardo, Nicol. El porvenir de la filosofía. México, FCE, 1972. pp. 131-132. (Citado por Arturo Aguirre op. cit. pp. 195-196. –El subrayado es suyo).

(3) Jean-Luc, Nancy. La creación del mundo o la mundialización. Paidós. Barcelona. 2002. p. 16.

(4) Ilíada. VIII, 309. (Citado en Simone, Weil. La fuente griega. Editorial Trotta. 2005. p. 24. Recomiendo mucho todo el libro de Simone Weil, en especial el capítulo “La Ilíada o el poema de la fuerza”, ahí se podrán ver claramente las implicaciones que tienen el uso desmedido de la fuerza y la violencia y la repercusión que hay para quienes sufren su desmesura.)

(5) Eduardo, Nicol. La agonía de proteo. Herder. p. 114. (Citado por Arturo Aguirre op. cit. pp. 215-216.).